Durante años, las terapias asistidas con animales se han asociado principalmente con perros y caballos. Sin embargo, una nueva investigación realizada en Estados Unidos sugiere que los gatos domésticos también pueden desempeñar un papel activo en el bienestar de los niños con discapacidades del desarrollo, ayudando a fortalecer su relación con las mascotas y promoviendo hábitos saludables tanto para los menores como para los animales.
El estudio, publicado en la revista científica Animals, fue dirigido por la investigadora Monique Udell, de la Universidad Estatal de Oregón, junto con especialistas del grupo Maueyes Ciencia y Educación Felina. El proyecto contó con financiamiento del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano Eunice Kennedy Shriver, perteneciente a los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos.
Las investigadoras se enfocaron en niños con discapacidades del desarrollo, un grupo que incluye condiciones que afectan el aprendizaje, la conducta, el movimiento o la comunicación. El objetivo era determinar si un programa estructurado de entrenamiento con gatos podía fortalecer el vínculo entre ambos y generar beneficios duraderos.
El proyecto surgió porque, aunque los gatos son una de las mascotas más comunes en millones de hogares, históricamente han sido poco considerados dentro de las intervenciones asistidas con animales.
Mientras los perros y caballos han protagonizado numerosos programas terapéuticos, el potencial de los felinos apenas ha comenzado a explorarse científicamente.
Para ello, el equipo desarrolló un programa denominado CAT, siglas en inglés de Entrenamiento Asistido por Gatos. La iniciativa buscó enseñar a los niños a comprender mejor el comportamiento de sus mascotas, fomentar una convivencia respetuosa y promover actividades compartidas que beneficiaran tanto al menor como al animal.
La investigación incluyó a 36 parejas formadas por un niño y su gato, residentes en la región del Noroeste del Pacífico de Estados Unidos. Los participantes fueron divididos aleatoriamente en dos grupos: uno realizó el programa CAT y otro permaneció en lista de espera como grupo de comparación.
El programa consistió en seis sesiones de aproximadamente 45 minutos, realizadas de manera semanal o quincenal en espacios diseñados para garantizar el bienestar de los gatos, con escondites, rascadores y difusores de feromonas que ayudaban a reducir el estrés de los animales.
Durante las sesiones, los niños aprendieron a interpretar el lenguaje corporal de los gatos, reconocer las señales que indican comodidad o incomodidad e interactuar con ellos de manera adecuada. También se utilizaron técnicas de refuerzo positivo para enseñar a las mascotas conductas sencillas, siempre mediante recompensas y sin recurrir a castigos.
Como parte de las actividades, los menores recibieron tareas para practicar en casa, como identificar las preferencias de sus gatos, enseñarles a sentarse, acudir cuando fueran llamados o seguir un objeto con la mirada.
Los investigadores evaluaron los resultados antes de iniciar el programa, al concluir las seis semanas de intervención y nuevamente un año después.
Los hallazgos mostraron que los niños que participaron en el programa asumieron una mayor responsabilidad en el cuidado diario de sus gatos y aumentaron las actividades compartidas con ellos, incluyendo paseos y sesiones de juego.
Además, los gatos también mostraron cambios positivos. Durante las primeras semanas buscaron con mayor frecuencia la cercanía de los niños, un comportamiento que los investigadores interpretaron como un incremento en su confianza y sociabilidad.
Uno de los resultados más llamativos apareció un año después de finalizar el programa. Seis gatos que inicialmente presentaban un vínculo considerado inseguro con los niños desarrollaron un apego seguro, lo que indica que se sentían más tranquilos, confiados y cómodos en su interacción con ellos. Este cambio no se observó en los participantes que no realizaron el entrenamiento.
El estudio también destacó el alto nivel de compromiso de las familias participantes. La asistencia a las sesiones fue del 100 %, mientras que las actividades para realizar en casa alcanzaron un cumplimiento promedio del 81 %.
A pesar de los resultados alentadores, las investigadoras señalaron que el estudio presenta algunas limitaciones. La principal es el reducido número de participantes, ya que solo se analizaron 36 parejas de niños y gatos, por lo que los hallazgos deben considerarse una primera evidencia y no una conclusión definitiva.
Asimismo, los participantes conocían si estaban recibiendo o no la intervención, un factor que podría haber influido en algunas respuestas de los cuestionarios utilizados durante la investigación.
Por ello, el equipo considera necesario realizar nuevos estudios con un mayor número de familias y en distintos contextos para confirmar los beneficios observados e identificar qué aspectos del programa tienen el mayor impacto.
Las investigadoras también planean analizar con mayor detalle cuáles son las conductas que fortalecen el vínculo entre niños y gatos, como respetar las señales del animal, mantener rutinas de cuidado estables o fomentar actividades compartidas como los paseos, un tema que hasta ahora ha recibido poca atención científica.
Aunque todavía se requiere más evidencia, los resultados sugieren que los gatos podrían convertirse en aliados importantes dentro de programas de intervención asistida con animales, ampliando las opciones disponibles para familias que ya conviven con estas mascotas y ofreciendo una alternativa accesible para promover el bienestar físico, emocional y social de los niños.

